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No eres un pedazo de chicle

Nunca olvidaré a un grupo juvenil de la secundaria al que solía asistir, en el cual el coordinador nos contaba por qué no teníamos que tener relaciones sexuales antes del matrimonio. Para demostrar su punto, él tomó un chicle, lo partió a la mitad, y empezó a masticar una de las mitades. Luego de un breve momento, escupió el chicle masticado en una de sus manos y las extendió. Mostrándonos ambos pedazos del chicle, nos preguntó “¿qué pedazo preferirían tener?”

El pedazo de chicle masticado debía representar a alguien que hubiera sido promiscuo; el pedazo intacto representaba a quien hubiera reservado el sexo para el matrimonio.

Sólo hay un problema. No eres un pedazo de chicle.

Lo que detesto de esta analogía es que simboliza que si has tenido relaciones sexuales antes de casarte, de algún modo eres menos valioso. Pero eso no es verdad.

Una de mis historias favoritas de la Biblia es la que se encuentra en Juan 8, 1-11. En este pasaje, un grupo de líderes religiosos judíos quería apedrear a una mujer que había sido encontrada cometiendo un pecado sexual. La llevan hacia Jesús y le preguntan qué piensa sobre apedrearla.

Para los líderes religiosos, esta mujer no vale nada. Ella es el pedazo masticado del chicle. En lo que a ellos les concierne, lo único en que les sirve esta mujer es para demostrar su punto sobre la justicia divina.

Entonces, ¿qué hace Jesús? Se indigna con ellos por tratarla como si no tuviese valor. Les recuerda que cada uno de ellos en algún momento también se equivocó. Su respuesta es “El que no tenga pecado, que arroje la primera piedra”. Uno por uno, comienzan a soltar las piedras y a retirarse.

Cuando Jesús y la mujer quedan solos, Él la mira y le dice “Yo tampoco te condeno. Vete, no peques más en adelante.”

Si quieres empezar de nuevo, Dios no estará viéndote desde arriba pensando “¡Ajá! ¡Pecaste! ¡Directo al infierno!” Dios estará pensando lo mismo que ha estado pensando por miles de años “No temas, porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre, tú me perteneces” (Isaías 43, 1).

Dios no nos ama más cuando nos portamos bien y nos ama menos cuando nos portamos mal. Dios simplemente nos ama. Incondicionalmente y siempre.

Aunque, usualmente, el mayor obstáculo para empezar de nuevo es perdonarnos a nosotros mismos. Como los errores del pasado pueden ser la fuente de mucho dolor, generalmente hacemos una de dos cosas. Los repasamos en nuestras cabezas una y otra vez, y otra vez, obsesionándonos con lo que pudimos haber hecho diferente; o bien intentamos sepultar los recuerdos bajo una alfombra para olvidarlos.

Pensar en tus errores es importante, pero hay un límite, porque necesitas entender por qué sucedieron, para no cometer el mismo dos veces. Pero no necesitas tirarte abajo por el pasado. El día más importante para Jesús es hoy.

Además, el perdón no es un sentimiento. Cuando comiences de nuevo, puede que no te sientas perdonado. La realidad es que a los dolores de los errores pasados les puede llevar un tiempo sanar. Pero recuerda que el pasado pasó. Dios no te condena por ello, y tú tampoco deberías condenarte.

Por lo que creo que necesitamos una nueva analogía. Si bien toda analogía tendrá sus limitaciones, una que realmente me gusta es la del billete de $100. Si tuviera un billete de $100, le podría poner un sello, podría escribir en él, podría hacer que pase por las manos de toda una sala llena de gente, pero al final del día, no valdría menos. Seguiría valiendo $100.

Si has pasado por una cierta cantidad de errores y corazones rotos, jamás creas que seas menos valioso. Y jamás creas que no puedes comenzar de nuevo.

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