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Mi matrimonio no es cuento de hadas

(También titulado “¿Cómo puedes casarte con el hombre de tus sueños y aun así querer algunas veces darle una bofetada?”)

Hace algunos años, estando soltera, me senté enfrente de una pareja comprometida durante el almuerzo en un retiro de Teología del Cuerpo. Curiosa por su “historia de amor”, escuché durante 45 minutos cómo Dios había movido todo para ellos, cómo llevó AÑOS de oraciones y novenas que eventualmente fueron respondidas de las maneras más extrañas. Digo, les tomó 45 MINUTOS contar su historia. Hacia el final estaba pensando “Oh, por Dios. Esta es la mejor historia de amor que he escuchado. No hay forma en que pueda tener alguna historia semejante. Con mi suerte, terminaré encontrando a mi futuro esposo en un bar (como si frecuentara algún bar), y no tendría ninguna historia genial para compartir y ¡tanto mi vida como mi matrimonio estarían arruinados!” Está bien, tal vez no era tan dramática.

Con un poco más de esperanza gracias a la historia de esta pareja, pero también con algo de duda, mi oración a Dios era: “Jesús, confío en Vos. Confío en el plan que tengas para mí. Rezo para que mi tiempo como soltera no sea una ‘pérdida de tiempo’ hasta que contraiga matrimonio. Señor, úsame como tú quieras. Seré paciente contigo, sabiendo que mientras más espere por mi esposo, mejor será él, asumiendo que ambos estamos creciendo en  santidad cada día. Sé que lo mejor que puedo hacer para mi futura vocación es ser santa ahora. Y, si muero mañana, entonces mi vocación será en el Cielo contigo, ¡y eso será genial! Ayúdame a vivir cada día con alegría y a no ser una soltera miserable. Sólo Tú puedes satisfacer este corazón y preferiría permanecer soltera y alegre en Ti, a ser miserable en una relación con alguien solamente por no querer estar ‘sola’. Jesús, confío en Vos.

Por supuesto, mi pequeño corazón se enganchaba con las comedias románticas (digo, “Tienes un e-mail” está constantemente en la televisión por cable) o con los cuentos de hadas de Disney, y me preguntaba cómo sería mi “historia de amor”. (Debería haber leído el libro de Sarah Swafford Emotional Virtue sobre cómo controlar todos estos ensueños, pero todavía no estaba escrito). También conocí a un montón de jóvenes adultas católicas que estaban casadas y a quienes les envidiaba sus historias de amor, porque parecía que todas ellas tenían historias semejantes a cuentos de hadas y que terminaban con un “Y fueron felices para siempre”. Todas estas mujeres estaban casadas con increíbles hombres de Dios. Sigo pensando en mis adentros “si he conocido a todos estos increíbles hombres de Dios casados, seguramente haya en algún lado un increíble hombre de Dios SOLTERO. Y Dios, ¡necesito UNO!”

Bueno, sí conocí a muchos hombres de Dios solteros. Viajé a más de 40 estados y 16 países en los últimos 7 años llevando adelante un apostolado, y déjenme decirles, hay una TONELADA de hombres de Dios increíbles (y si quieres que te enganche con alguno de ellos, puedo hacerlo… guiño, guiño). Sin embargo, ninguno de ellos era mi esposo. Sí, puede que haya salido o haya sido galanteada por alguno de ellos, pero llegó el punto en el cual era demasiado fácil distinguir que ellos no eran “él” (incluso si tomaba entre 6 y 10 meses darme cuenta). Quizá sea porque era ya más grande y me conocía a mí misma mucho mejor. Quizá era porque Dios estaba guardando mi corazón. Por el amor de Dios, el año antes de salir con Bobby, había 3 hombres que me gustaban y deseaba que me invitaran a salir. Mi pequeño corazón esperaba y esperaba, pero ninguno de ellos se sentía atraído por mí. Tal vez era porque estaba pidiéndole a Dios “Señor, si él no es ‘el elegido’, no permitas que se enamore de mí. No quiero hacerle perder su tiempo ni mi tiempo encontrando nuestras vocaciones.” Bueno, Dios escuchó mi súplica, y yo estaba frustrada. Molesta. “Dios, ¿POR QUÉ responderías a mi clamor del modo en que yo quería? ¿No podría alguno de ellos haberse enamorado de mí?” (¿No es gracioso cómo hacemos eso con Dios?)

Bueno, ciertamente me re-encontré con Bobby, y puedes leer otra historia sobre eso. Y sí, la historia de amor que Dios tenía para mí era mucho mejor de lo que podía llegar a imaginar. Estoy feliz de haber sido paciente. Estoy feliz de no haberme conformado con algún novio anterior. Valió la pena esperar en el Señor y no tan sólo “aceptar” cualquier relación que se cruzara en mi camino porque quisiera casarme y tener hijos. Estoy feliz de haberlo hecho al modo de Dios y no a mi modo.

SIN EMBARGO, sólo porque haya sido fácil discernir la relación, no significa que la relación en sí sea fácil. Las relaciones con seres humanos, generalmente, no son fáciles. Somos personas imperfectas tratando con otras personas imperfectas. Ya sea que sean familiares o mejores amigos, las relaciones requieren compromiso, entendimiento, un fin común, etc.

Durante las sesiones de chicas en las conferencias, suelo compartir nuestra historia de amor. Y usualmente las chicas son inspiradas a no conformarse, a tener esperanzas que Dios tiene también para ellas una historia de amor, y hasta obtengan el valor necesario para terminar una relación en la que están, sabiendo que no las está llevando al matrimonio y/o sabiendo que les falta la paz y alegría que deben sentir al seguir su vocación.

El problema es que estas sesiones de chicas sólo duran un tiempo, y pareciera que es el “FIN y vivieron FELICES PARA SIEMPRE”. Es en otras charlas sobre citas y relaciones que Bobby y yo logramos hablar de las “divertidas” historias de las pruebas, los argumentos, la realidad diaria de una relación basada en Dios. Estas son mis charlas favoritas, porque quiero que las personas tengan esperanzas en que el matrimonio es genial, pero que implica esfuerzo. También causa que uno muera a sí mismo muchas veces.

En los cuentos de hadas, no ves realmente qué sucede después del final. En la vida real, sí logras vivir el “después”. Y créeme: si bien sabía que Dios tenía un increíble “caballero en una armadura resplandeciente” dando vueltas por ahí, también sabía que probablemente discutiríamos mucho, nos frustraríamos el uno al otro, nos molestaríamos, etc. Nunca tuve la idea de un cuento de hadas en donde nada de todo esto sucediera, por más que se tratase del hombre de mis sueños

En nuestra relación de citas/galanteada, al igual que todas la parejas, con Bobby tuvimos que aprender a comunicarnos. Con una extrovertida como yo que “habla” sobre muchas cosas y con un introvertido como Bobby que no habla tanto, esto fue un doloroso y arduo proceso. Durante una discusión le dije a Bobby: “Ya no estás en el seminario, no puedes simplemente correr hacia tu habitación y cerrar la puerta. ¡Si vamos a estar casados, tenemos que hablar de esto!

Hubo momentos en los que Bobby tuvo que soportar mis “pocos días del mes” donde yo era más emocional y quería o llorar con cada propaganda o quería golpearlo en la cara. Afortunadamente, una vez que empezamos a tomar clases de planificación familiar natural 6 meses antes de nuestro casamiento, Bobby estaba registrando mi ciclo y podía calcular los dos días exactos en los que podía comprarme flores o chocolate para aplacar la “locura”. (Puede que aun así haya querido golpearlo en la cara).

Nuestra cita/galanteada vio muchas lágrimas mías, muchas disipaciones de expectativas que teníamos de relaciones previas o de las familias en que habíamos crecido. También teníamos que lidiar con nuestra in-castidad en relaciones previas y cómo eso afectaba a nuestra relación actual. Teníamos que hablar sobre nuestra vida de oración (cómo debía ser tanto individualmente y como pareja). Teníamos que hablar de cosas tontas como de qué manera tiene que ir el papel higiénico (HAY un modo correcto, y es con el papel pasando “por encima”).

Pero permítanme decir que había otros chicos con quienes salí, y con quienes no podía hablar de estas cosas. En otras relaciones, de traer sobre la mesa temas “incómodos”, hubiera tenido miedo de que cortaran conmigo. Hubiera tenido miedo de hablar de nuestra vida de oración o la castidad. Con Bobby, en cambio, me sentí cómoda de ser yo misma. Me sentía cómoda como para mostrar mi lado salvaje, mi lado de mucho llorar, mi lado de “estoy orgullosa de ser católica”, mi lado de mujer, mi lado rudo, mi lado ridículo, etc. Creo que si no puedes hablar de esos temas incómodos con la persona con quien estás saliendo por miedo a arruinar la relación, es una GRAN bandera roja de que no es la persona con quien se supone que estarás por el resto de tu vida.

Si bien mi matrimonio no es un cuento de hadas (consiste en la vida real, personas reales, pañales realmente sucios, orgullo real, egoísmo real), no preferiría que fuera de otro modo. ¿Por qué? Porque sé que el único “vivieron felices para siempre” donde en el “Fin” no habrá más muerte, ni pena, ni queja, ni dolor es en el Cielo (Apocalipsis 21, 4). Esta vida, sin embargo, sí tiene muerte, pena, queja y dolor. Y ningún matrimonio es inmune a eso. Nuestro objetivo en la vida es aprender a amar a Dios, a los otros, a nosotros mismos. Y el amor verdadero es exigente. El amor real es doloroso. El amor real duele. El amor real exige un morirse a sí mismo. El amor real es sacrificio. El amor real no es tan sólo un “sentimiento”. El amor real es la Cruz (la agonía) y la Resurrección (el éxtasis). No puedes tener la Resurrección, por lo tanto, sin la Cruz. No puedes tener el éxtasis sin la agonía. No puedes tener el Cielo, el “vivieron felices para siempre”, sin la Cruz, tanto literal como figurativamente.

Luego de cada discusión o momento de sufrimiento, amo y respeto a mi esposo más y más. (En relaciones previas luego de tales cosas, especialmente de las discusiones, me percataba de que respetaba aún menos a mi novio). Mi pelea más memorable fue cuando Bobby y yo estábamos a tres mil millas de distancia y ambos habíamos cortado la llamada entando todavía enojados (puesto que el problema no estaba resuelto, era medianoche en donde yo estaba y tenía que madrugar al día siguiente). Me desperté y me encontré con un mail de Bobby que decía “Todavía estoy muy frustrado. Sin embargo, te amo y no iré a ningún lado”. Había una seguridad en esa afirmación. Pensé “tengo paz en mi alma de que este es el hombre con quien estoy llamada a casarme, por más que ambos estemos frustrados/enojados el uno con el otro. Y ¡Wow! Realmente amo a este hombre”. y adivinen qué: es así como me siento durante las discusiones/peleas que tenemos en nuestro matrimonio. (En mi cabeza se escucha más como “Ugh, todavía te amo aunque quiera abofetearte* en la cara ahora mismo”).

Lo amo más y más cada día porque puedo conocer a su verdadero ser y no la “idea” de él. Él es un buen hombre. Es un hombre santo. No somos perfectos, pero somos perfectos el uno para el otro (podría escribir todo un blog sobre eso). Estoy agradecida con Dios cada día por nuestro matrimonio, con todas sus fortalezas, con todas sus pruebas. Estoy agradecida por un esposo que me guía al Cielo, y por un matrimonio lleno de alegría. Estoy agradecida por aprender que no todo se trata de mí. Estoy agradecida de que puedo aprender a morir a mí misma y cómo vivir para otro (y, por supuesto, es horrible en el momento tener que hacer eso). Y, más que nada, estoy agradecida de que Dios, quien nos unió, sea la base y el centro de todo esto. Para mí, eso es lo que hace que nuestro matrimonio esté lleno de paz y alegría –incluso cuando quiero golpear* a mi esposo en la cara.

La vida no es cuento de hadas. El matrimonio no es un cuento de hadas. Gracias a Dios por eso. Porque en el final, cuando estemos relajándonos en el Cielo juntos, realmente vamos a estar viviendo “felices para siempre”.

 

*Para aquellos que están preocupados por esa sentencia: no, nunca podría abofetear a mi esposo en la cara. Tómense un tranquilizante. Relájense. No le adviertan a la policía Vaticana sobre mí.

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