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La paradoja de la belleza sexy

Todavía recuerdo ir caminando al centro comercial un día con mi mejor amiga durante el inicio de nuestros años de secundaria. Ambas teníamos lindos vestidos puestos y ansiábamos atraer algo de atención. Sonreíamos y nos reíamos cuando los muchachos nos tocaban bocina o nos silbaban desde las ventanas, inofensivamente disfrutando la atención y la afirmación.

Luego un auto se detuvo, uno de los varones asomó la cabeza por la ventana y nos llamó, ¡nuestros corazones casi se detienen! Pensamos que íbamos a morir o que seríamos secuestradas, hasta que finalmente siguieron su camino. Esa no fue la última vez que obtuvimos piropos pero ciertamente fue la última vez que fuimos en busca de ellos.

Es curioso que puedas obtener lo que quieres y luego te des cuenta de que no tienes ni idea de qué hacer con eso y de que ni siquiera lo quieres.

Pienso que lo mismo sucede con la mujer que se pone un vestido tallado negro y va a clubes, bares o fiestas donde la mayoría de las personas tiene una mentalidad de la cultura del uso. Recibirá atención, sí, pero demasiado seguido esa atención no le llevará al amor que está esperando.

Es esta mentalidad paradójica de tener que ser sexy en orden a ser hermosa lo que nos lleva a las mujeres a vestirnos o actuar de ciertas maneras que coinciden con la idea de que, para encontrar el amor, tenemos que ser la mujer más sexy y más fogosa de la sala.

Podrá atraer los ojos de los hombres, mas no atraerá el corazón de ninguno.

Contribuye a la lujuria y a objetivación porque nos reduce tan sólo a nuestra apariencia sexual. Nuestros cuerpos se convierten en lo que tenemos para ofrecer, atemorizadas de que nuestro ser interior no sea suficiente.

¡El problema es que la mayoría de nosotras ni siquiera sabe que está haciendo eso! Cada mujer que hace esto, al menos en el fondo, realmente está deseando que un hombre la considere hermosa, vaya exclusivamente tras ella, y comprometa su vida a la de ella.

Sé que esas eran mis intenciones cuando entré a la universidad vistiendo calzas, pequeñas musculosas, pantalones más que cortos, y bikinis.

Quería ser hermosa.

Quería ser amada.

Quería ser elegida, que un hombre se desviviera por mí.

Realmente no tenía intención alguna de ser una fuente de tentación o de poner mi cuerpo a disposición de los hombres.

A medida que fui conociendo hombres buenos y sólidos y comenzaba a conocer su versión de la historia, aprendí más sobre la industria multimillonaria de la pornografía (por ejemplo, que 1 de cada 5 búsquedas en internet es sobre pornografía y que cerca del 70% de los hombres de mi edad recurren a ella mensualmente y también una gran cantidad de mujeres) que esclavizó a muchos de ellos desde que eran tan sólo niños. Me di cuenta hablando con ellos, cuánto mi vida realmente afecta a quienes me rodean, especialmente viviendo en el mundo increíblemente sexualizado de hoy en día.

Las mujeres enviamos un poderoso mensaje a los hombres por el modo en que nos vestimos, actuamos y hablamos. Con la verdadera modestia ayudamos a nuestros hermanos que están en el camino de sanar su pureza de mente y de corazón. Ayudamos a nuestras hermanas haciéndonos menos tentadoras para las comparaciones corporales nocivas. Nos ayudamos a nosotras dando los pasos necesarios para prevenir ser vistas como objetos por aquellos que sí buscan galantearnos e invitando a otros a ver el misterio y totalidad de nuestra belleza como mujer.

Ser hermosa no significa ser sexy. Ser hermosa (y verdaderamente atractiva para un hombre) significa que tu carácter, tu corazón, tu virtud, tu cuerpo, todo sobre ti atrae el corazón del hombre y lo inspira a levantarse para ser digno de tu mano en matrimonio. En fin, lo inspira a crecer en carácter y santidad para que se le pueda confiar tu persona y tu totalidad.

 

Girar cabezas, atraer ojos ¿adónde te lleva eso?

Pero convertir un corazón, eso es poderoso.

 

“La belleza salvará al mudo”

Fiódor Dostoievski

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