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Esperaré por ti

Cuando comencé por primera vez a explorar el área de la enseñanza moral católica que es la castidad (no sólo implementándola, sino también interiorizándola), no podía con tanto material. Descubrí que amaba leer libros que profundizaban mi entendimiento de algo tan bueno; que amaba conectándome con otros jóvenes adultos para escuchar sus historias de citas y compartir mi testimonio con ellos; que amaba a la persona que practicando la castidad me hizo. Amaba y valoraba profundamente el concepto redescubierto que había obtenido sobre el amor auténtico como resultado de estudiar la castidad. Estaba lista y dispuesta a esperar por el cuerpo de mi futuro esposo.

…Aunque no tanto por él.

Ahora que el verano está aquí, empecé a frecuentar la costa, generalmente con las ventanas bajas y música sonando. Cuando llego, despliego mi manta, saco un libro y mi rosario, y “paso el día con Jesús”, como afectivamente le digo. La gente siempre se sorprende cuando se enteran que voy a tantos lugares y que hago viajes por mi cuenta, especialmente a la playa. Voy, porque mientras más sea el tiempo que paso sola, tanto más Jesús pareciera revelarse ante mí en esos momentos de soledad y silencio. Él sólo puede hablar tan fuerte como cuando hablo con alguien más.

En mi último viaje solitario a la playa, Jesús reveló algo que me resultó nuevo sobre la castidad, y sobre mi anhelo por mi vocación: la castidad no solamente depende de nuestra voluntad para esperar al cuerpo de una persona, sino también de nuestra voluntad de esperar por él/ella, en su totalidad de persona. Esperar por su presencia; esperar por su ser cuando no tenemos ni idea de dónde está, o de si aparecerá algún día. En los últimos tres años, creo que aprendí todo lo que había sobre la castidad, pero aquí Dios es, nuevamente, mostrándome mi error y humillándome con Su afirmación de que hay un entendimiento más perfecto del amor como Él lo creó.

Puedo ser una persona muy impaciente, por lo que esperar a que mi futuro esposo aparezca resulta algo excepcionalmente desafiante. Puesto que mi última relación duradera terminó hace algunos años, inconscientemente me puse un límite sobre cuánto tiempo quería estar soltera, y cuando ese límite se acercaba a su fin, estaba enojada y frustrada con Dios. Empecé a preguntarle cosas como “¿Qué es lo que todavía no te entregué que necesitas que te entregue para ser digna de mi vocación?” y “¿Estás castigándome por pecados que cometí hace tantos años?” y, especialmente, “¿Te has olvidado de mí?”

No fue sino hasta hace unos días que me di cuenta por primera vez, que en la tiniebla de mi impaciencia, estaba fallando en practicar la verdadera castidad, no en un modo que fuera pecaminoso o inmoral, sino un modo en el cual mi actitud no conducía al amor verdadero. En orden a que exista el amor verdadero, la castidad (y la paciencia) debe siempre ser practicada entre amantes, entonces, ¿quién soy yo para poner un límite en la cantidad de tiempo que estaré esperando a aquél a quien Dios ha pensado para mí? ¿Y quién soy yo para demandarle algo a Dios?

Al darme cuenta de esto, decidí hacer un ayuno de un mes de todo lo que fuera una cita. Si bien no parece una gran cantidad tiempo, el punto no es tanto ayunar de las citas sino poner más énfasis en entregarme total y completamente a Dios sin estar deseando en secreto entregarme totalmente a alguien más. Si estás lidiando con un fuerte deseo por tu vocación, te animo a que también pases tiempo en oración, reflexionando en lo que Dios pueda realmente llegar a querer para ti más que rezar constantemente por lo que crees que Dios te debe. Él ya conoce los deseos de tu corazón, así que no tienes que insistir en ellos cada vez que rezas, porque Él ya se está haciendo cargo de eso por ti.

La castidad es mucho más que abstenerse del sexo, amigos míos. Se trata de anticipar el amor que Dios nos ha prometido a cada uno de nosotros, sea cual sea nuestra vocación… Si tan sólo estamos dispuestos a esperar.

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