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Esperanza para los quebrantados

¿Es mejor haber amado y haber perdido que no haber amado nunca?

De adolescente no lo pensaba así, puesto que mi corazón había sido roto por el divorcio de mis padres. Decir que era amargada, es poco decir. Mi respuesta a nuestro hogar destrozado fue una promesa para asegurarme de que nunca volvería a vivir tal rechazo. Construí un muro alrededor de mi corazón, determinada a no darle la posibilidad a nadie de que me pudiera lastimar. Lo que se ocultaba detrás de la rudeza, sin embargo, no era fortaleza sino miedo.

El divorcio deja víctimas. Me identificaba a mí misma con mi dolor. Me sentía sola, atemorizada y rechazada. Añoraba ser amada, pero me aterraba ser vulnerable. Ansiaba que alguien se preocupara por mí, pero carecía de la capacidad de confiar. Despreciaba el presente, pero le temía al futuro.

No podía comprender por qué mis plegarias al Señor parecían ser ignoradas y me solía cuestionar Su amor y fidelidad para conmigo, como Su hija. Sin embargo, nunca olvidaré una noche de oración que fue vital. Un pensamiento me alcanzó con tal claridad y convicción que nunca dudé de que proviniera del Señor. Supe en ese momento que el Señor había escuchado cada oración agonizante que brotaba de mi corazón. De hecho, Él estaba llorando conmigo. Él me estaba ocultando en sus Llagas Redentoras. Él me aseguró que no sólo le había otorgado a mi padre la gracia que había pedido para él, sino que lo colmó con una sobreabundancia de ella. Sentí cómo el Señor me mostraba que mi padre sostenía como una especie de  paraguas sobre su cabeza en orden a evitar contacto con la gracia y la misericordia del Señor.

Aprendí dos cosas de esa revelación. La primera es que no podía dejar de orar. Si en algún momento hubiera una pequeña apertura de vulnerabilidad y ese paraguas se caía por un instante, quería que la misericordia estuviera ahí para consumirlo. Lo otro, es que necesitaba empezar a buscar las áreas de mi vida donde estaba rechazando el don de Dios de la Vida Divina.

Estas dos lecciones fueron integrales en la búsqueda de mi propia vocación. Había otro hombre por quien esperaba. Fui motivada a rezar por mi futuro esposo, donde sea que estuviera. Quería permanecer pura para él, tanto en mi cuerpo como en mi corazón. Las cicatrices de mi familia me motivaron a adherirme más cercanamente a los planes de Dios de la pureza y la castidad. Sabía que mi futuro esposo debía estar enfrentando muchas amenazas a su pureza, al igual que todos los jóvenes. Las estadísticas muestran que las parejas que son sexualmente activas fuera del matrimonio tienen un índice increíblemente mayor de divorcio que las parejas que se abstienen… No estaba interesada en ser una estadística. Necesitaba que el Señor derramara esa misma sobreabundancia de gracia y misericordia en aquél que Él estuviera preparando para mí.

Unos años más tarde, el Señor inesperadamente me llevó hacia un hombre maravilloso. Ya había perdido las esperanzas en el sexo masculino, pero había algo de este hombre que desafiaba mi odio hacia el romance. Admitiré que me sentía incómoda cuando empecé a ver que tal vez estaba equivocada sobre mi visión sesgada del amor y del matrimonio. El Señor me mostraba lentamente que Él estaba escribiendo mi historia de amor. No tenía que tenerle miedo a seguir Sus caminos… Pero el camino no sería fácil de aceptar.

Varios meses en una sincera y auténtica amistad, Mark y yo nos encontramos en una intensa conversación sobre el futuro de nuestra relación. Era evidente que teníamos fuertes sentimientos el uno por el otro, pero a medida que empezamos a descubrirlos, mis heridas se reabrieron y quedaron expuestas. Estaba aterrorizada. ¿Cómo podría ser lo suficientemente vulnerable como para permitir que alguien tuviera la posibilidad de romper mi corazón? Yo era fría y emocionalmente cerrada. La frase cliché “no eres tú, soy yo” acompañaba mi mensaje. Su respuesta fue sorprendente, pero cierta: “Soy yo. Tú dices eso, pero soy yo en quien tú no confías, soy yo a quien tú no dejarás entrar a tu corazón. Tú dices que eres tú, pero no puedes aislarte cuando alguien se preocupa tanto por ti como yo. Se trata de mí.”

Más tarde comprendí que este era el mismo mensaje que el Señor me estaba diciendo. Mi corazón endurecido estaba rompiendo Su corazón de misericordia. Mi rechazo y miedo de sanarme y liberarme estaba causándole a Cristo un gran dolor. En un intento de soportar la carga, coloqué el peso sobre mis hombros. Me había olvidado que el único modo de redención era contemplar cómo ese peso era levantado y puesto sobre aquél que podía llevarlo al Calvario. En ese mismo momento, el Señor, mi Primer Amor, estaba diciéndome: “Katie, soy yo. Soy yo en quien tú no confías, soy yo a quien tú no dejarás entrar a tu corazón. Tú dices que eres tú, pero no puedes aislarte cuando alguien se preocupa tanto por ti como yo. Se trata de mí.”

Cual sea el dolor que estés atravesando, el Señor quiere encontrarte en tu calvario y resucitar tu corazón roto. Al niño cuyos padres se han divorciado, recuerda, tú no eres tus padres. Tú tienes el poder de romper la cadena de disfuncionalidad y reclamar la próxima generación. Ese poder es Cristo. Permítele llorar contigo, caminar contigo y enseñarte cómo amar.

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