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¿El propósito del matrimonio no es la felicidad?

En todo amor humano debe entenderse que cada hombre le promete a la mujer, y que cada mujer le promete al hombre aquello que sólo Dios puede dar, a saber, la perfecta felicidad. –Arzobispo Fulton J. Sheen

“Yo, Joey, te tomo a ti Brigid por esposa. Prometo serte fiel así en la prosperidad como en la adversidad, en la salud como en la enfermedad. Te amaré y respetaré hasta que uno de nosotros se vuelva infeliz.”… espera, ¿qué? Por más gracioso que parezca, la triste realidad es que algunos dejan a sus cónyuges porque se vuelven infelices.

Indudablemente, hay numerosos casos de divorcio. Me gustaría solamente centrarme en un problema que creo yace por debajo de muchos matrimonios que se separan: conscientemente o no, esperamos que nuestro cónyuge y matrimonio nos hagan perfectamente felices.

En Son tres los que se casan, Fulton Sheen escribió:

“En todo amor humano debe entenderse que cada hombre le promete a la mujer, y que cada mujer le promete al hombre aquello que sólo Dios puede dar, a saber, la perfecta felicidad. Una de las razones por los que tantos matrimonios pierden su rumbo es porque, al dejar atrás el altar, no comprenden que los sentimientos humanos se desvanecen y el entusiasmo de la luna de miel no es como la sólida felicidad del amor humano perdurable… En los primeros momentos del amor humano, uno no ve las pequeñas y ocultas deformidades que luego aparecen.”

A su modo paternal, San Juan Pablo II solía intentar destruir la ilusión que las parejas jóvenes tenían de que el matrimonio sólo traería romance y felicidad sin fin. Él sabía que si hacemos de cualquier cosa un ídolo, eventualmente quedaremos vacíos. Sólo Dios puede satisfacer el anhelo que tienen nuestros corazones de un amor y felicidad perfectos. Aun así tendemos a buscar en el otro, el amor que sólo Dios nos puede dar.

 

Si no es la felicidad, ¿cuál es el propósito del matrimonio?

“El matrimonio no existe para hacerte feliz; el matrimonio existe para hacerte santo”, dijo Jason Evert.

En otras palabras, el matrimonio existe para hacer de ti un santo; para transformarte en la mejor versión de ti mismo y acercarte tanto más a Dios. Claro que, el matrimonio también existe para la procreación y la educación de los hijos. Más simplemente, significa estar abiertos a la vida, a ser padres de manera responsable y ayudar a que los hijos sean santos también. (Cfr. CEC 1601)

Dios es amor. La misión central de nuestras vidas es reflejar perfectamente Su imagen. Por lo tanto, cuanto más auténticamente amemos, tanto más nos asemejaremos a Dios, y consecuentemente, aún más seremos nosotros mismos.

Pero, para amar como Dios ama, negarnos a nosotros mismos y elegir lo que es mejor para aquellos a quienes amamos es necesario. Eso inevitablemente llevará al sufrimiento. Jesús en la cruz es el ejemplo perfecto. Santa Clara de Asís sabía esto cuando dijo “El amor que no puede sufrir no es digno de ese nombre”.

Cuando llegue el tiempo de prueba, no desesperen. Apóyense en la gracia de Dios por medio de los sacramentos. Pidan a Nuestra Señora su ayuda. Encuentren un buen director espiritual que los guíe. Y recuerden: fueron creados para la grandeza. ¿Pensaron que sería fácil? Nada que valga la pena lo es. Ningún atleta olímpico ganó una medalla de oro viendo Netflix o abandonando cuando el sacrificio era requerido. Soportaron arduos entrenamientos sólo para ganar un pedazo de metal. ¿Por qué esperarías un sacrificio mucho menor si deseas un gran matrimonio?

¿Significa eso que el matrimonio será miserable? ¡No! El matrimonio será maravilloso y difícil. Alegre y frustrante. Hermoso y desafiante. Al igual que la vida. El mejor modo de medir el éxito de un matrimonio no es cuánta felicidad siente la pareja, sino cuán virtuoso y santo sea cada cónyuge.

Para discernir y dirigirte al matrimonio, he aquí cinco ideas para purificar tu concepto del matrimonio:

 

  • Que Dios sea el centro de tu vida y pídele que purifique tu concepto del matrimonio.
  • Recuerda: el matrimonio no existe para hacerte feliz; existe para hacerte santo, y la santidad es el camino a la auténtica alegría.
  • Establece expectativas reales para el matrimonio pasando tiempo con buenas familias y parejas santas.
  • La infelicidad en tu matrimonio no es signo de que has elegido la vocación equivocada, la persona equivocada, o que debes abandonar a tu cónyuge.
  • No desesperes. Aún entre las dificultades, un gran matrimonio es posible con la gracia de Dios y el trabajo duro.

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