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El desafío de la castidad en el matrimonio

Una de las enseñanzas más desafiante y liberadora de la Iglesia Católica es la castidad. Es indudablemente una virtud que va contracorriente de manera radical y demanda un gran señorío de sí mismo y sacrificio. Demanda un ordenado amor de Dios y, consecuentemente, un amor auténtico por los demás.

Mi experiencia de la castidad tanto antes como dentro de la vida matrimonial ha sido menos que glamorosa. No me atreveré a decir que hablo en nombre de todos los matrimonios que practican la planificación familiar natural, pero intentaré, de modo conciso, compartir mi propia experiencia.

La castidad en mi matrimonio es una experiencia incesante de examinar tanto el corazón como la mente. Requiere sopesar continuamente las intenciones más ocultas. Esto me resulta particularmente verdadero cuando se intenta comunicar la idea de posponer o lograr un embarazo, al mismo tiempo en que se intentan reconciliar los entendimientos de una verdadera intimidad y las necesidades del otro.

Aunque no siempre sea placentero o fácil, la castidad en el matrimonio me ha enseñado que debo ser responsable del don de la sexualidad, esforzándome en vivir el significado de este don a través del amor matrimonial. La planificación familiar natural alimenta verdaderamente el florecimiento de la castidad en el matrimonio.

San Agustín estaba captando algo de esto cuando dijo “La perfecta abstinencia es más fácil que la moderación perfecta”. Como un recién casado (me casé en el 2014), puedo humildemente decir que no estaba preparado para las diversas formas en que la castidad en el matrimonio debía ser, y en lo que la práctica de la planificación familiar natural consistía. Sin embargo, con mi marido estábamos dispuestos a superar cual sea la dificultad que apareciera y a permanecer fieles a las enseñanzas de la Iglesia en este ámbito. Esto requirió que estuviéramos unidos en los momentos de lucha y a siempre comunicar los desafíos que estábamos atravesando, ya sea con los períodos de abstinencia, o aprendiendo a entender de mejor modo las expectativas del otro.

La castidad nos permite enfrentar lo que no es placentero e incómodo porque nos dirige hacia una experiencia auténtica de intimidad que no busca esconderse tras constructos sociales de plenitud sexual ni la distorsión de una desechable mentalidad contraceptiva. Nos ayuda a alcanzar lo que es más bello.

La castidad en el matrimonio también ha resaltado la importancia vital de adueñarse del propio compromiso de la castidad antes de decir “sí, quiero”. Esta base personal de la castidad fortalece el vínculo matrimonial. En mi opinión, simplemente amar a una persona y optar por la castidad no es suficiente; debe estar enraizado en el amor de Dios, porque solamente por medio de la gracia de Dios y la providencia es que podemos verdaderamente tener éxito en la vivencia de la llamada a ser castos libremente. Sólo cuando respondemos amorosamente ante Dios y su plan para nuestra sexualidad es que podemos empezar a amar y valorar al otro como un don.

Tanto mi esposo como yo hemos luchado por la castidad antes de conocernos y a lo largo de nuestra relación; nuestras experiencias de conversión nos han fortalecido y nos han dado un mayor conocimiento del otro y de la libertad de la castidad. Nos permitió ir a Dios separadamente para que pudiéramos unirnos como marido y mujer.

La planificación familiar natural nos ha ayudado a expulsar nuestras expectativas egoístas y a animarnos a crecer en el amor dentro de nuestro matrimonio diariamente. Si bien no siempre es fácil, permanecemos abiertos a la voluntad de Dios y hasta ahora hemos sido muy bendecidos.

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