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Cuán encantado estaría el demonio si nos viera hacer esto

En un posteo reciente, Tommy McGrady escribió “El matrimonio no solamente es duro. Es realmente duro.” Pero una amiga mía lo leyó, y luego le respondió.

Ella escribió: “Cuando aprendes a comunicarte, a amar a tu cónyuge más que a ti mismo, cuando aprendes a comprometerte y aceptar que no todo en la vida será como tú quieres, el matrimonio no es para nada difícil.” ¿Entonces lo es o no lo es?

¿Es el matrimonio algo difícil, o no tan difícil? Y si es difícil, ¿debería serlo? ¿Qué hay de las citas? Si las citas son difíciles, ¿deberíamos renunciar a ellas?

Puedo concordar con mi amiga que el matrimonio no sería tan difícil si ambos cónyuges pudieran comunicarse exitosamente de manera recíproca, amarse sin egoísmos, y negociar sanamente. Pero estoy obligada a proclamar algo que espero nunca lleguemos a olvidar: ninguno de nosotros está preparado para hacer eso.

Que una persona se comunique exitosamente, ame desinteresadamente, o negocie sanamente, no depende simplemente de la voluntad para hacerlo. También influyen diversos factores, tales como las inseguridades y el egoísmo, las historias que no queremos contar sobre las heridas que no queremos exponer, los apegos a estilos insalubres que hemos adaptado de nuestras familias de origen.

Sólo algunos de nosotros sabríamos qué tan listos estamos para una relación seria hasta que estamos en ella. Muchos aprendemos en ellas que no estamos bien equipados. Todos necesitamos que nos recuerden que está bien, porque podemos solucionarlo.

Lo que nos dicen, según quién y sus razones, es que el matrimonio es difícil o no es difícil. Cuando compartí el posteo de McGrady en Facebook, se armó una discusión en los comentarios.

Algunos lectores afirmaban que la declaración de que el matrimonio es difícil desalentaría a las personas que van tras el matrimonio. Argumenté que decir que es fácil desalentaría a las parejas que ya están casadas a permanecer de ese modo, y eso puede ser nocivo para quienes necesitan crecer al admitirlo.

Eso es porque es fácil en nuestra cultura convencernos de que lo que es difícil es malo y que lo que es fácil es bueno.

Es más fácil decir que alguien no es apto para mí cuando estoy en una relación con él, y esa relación ya es difícil, que considerar que las relaciones siempre me resultarán difíciles si no dejo que hagan lo que se supone que hacen: cambiarme.

Pero ni la dificultad es la negación, ni la bondad y facilidad son la afirmación. En muchos casos, lo que es arduo nos ayuda a trascender el estado de quietud y lo que es fácil nos ayuda a mantenerlo.

Algunas relaciones son fáciles porque las personas en ellas no van lo suficientemente profundo como para chocar, es fácil porque es superficial, pero lo superficial no es bueno. Otras relaciones son difíciles porque las personas en ellas van  lo suficientemente profundo como para descubrir en qué cosas necesitan mejorar. Es arduo porque es formativo, pero lo formativo no es malo.

Cuando no admitimos esto, podemos rápidamente convencernos para sostener una relación porque es fácil, o terminar una relación formativa porque es difícil. En cualquier caso, optamos por la incomodidad menor.

Algunos de nosotros hacemos eso mientras simultáneamente clamamos estar apuntando a un matrimonio que nos haga ser más santos, más sanos, y más felices.

Y eso me perturba.

Me perturba porque ser más santo, más sano y, ciertamente, más felices, siempre requiere de trabajar duro. Siempre implica que necesitarás cambiar tu comportamiento. Eso requerirá incomodidad, y algunas lágrimas, y para muchos de nosotros, consejos, pero huimos de eso.

Me perturba por lo encantado que estaría el demonio de vernos elegir como pareja a alguien cuya presencia detenga nuestro crecimiento en lugar de promoverlo, de vernos conformarnos con lo que es fácil a expensas de lo que es bueno, sofocando no solamente el crecimiento en nosotros, sino también en nuestras familias, comunidades, culturas.

Cuán encantado estaría de vernos descubrir nuestras capacidades de ser más santos y más sanos, para luego vernos huir de relaciones que nos ayudarían a serlo.

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