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Abre tus ojos (Parte 2)

Estábamos en la biblioteca mirando un libro de fotografías del paisaje de Francia. Entonces vimos una imagen de una bailarina vestida inmodestamente.

“¡Estos franceses!”, dijo mi cita. “¿Quién quiere ver eso?” Inmediatamente dio vuelta la página.

Yo sólo sonreí. Por dentro yo estaba festejando. ¡Sí! –Pensé- ¡Lo entiende!

Dos semanas más tarde me mostró una película con una “bailarina” con mucha menos ropa. ¡Okey! –Me corregí- No lo entiende.

Estaba un poco nerviosa hablándole sobre mis estándares por miedo a sonar más-santa-que-tú o hacerlo sentir mal. No debí preocuparme por eso tampoco.

“¡Nadie hace eso!” dijo riéndose cuando mencioné diversos malos hábitos. Mi idealismo era lindo, continuó, pero necesitaba salir de mi pequeño mundito cómo de niña y salir al mundo real.

Ya había tenido esta conversación con otros chicos antes. Pude haberle dicho que su pensamiento me incomodaba. Me hubiera encantado decirle “tienes razón, no es importante”. Pero no podía.

Años atrás, la modestia me fue difícil, hasta que me percaté de que la modestia no era una práctica sólo en respuesta a un mal, sino como respeto por lo que es sagrado, la sexualidad masculina y femenina. La palabra “sagrado” literalmente significa “digno de veneración”. Una vez que entendí que mi figura femenina era invaluable, la modestia se volvió algo fácil.

En mis esfuerzos por entender la modestia, recurrí al Catecismo de la Iglesia Católica. En el párrafo 2521 dice: “La pureza exige el pudor. Este es parte integrante de la templanza. El pudor preserva la intimidad de la persona. Designa el rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado.”

En ningún lado explicita que mirar una película nos excusa del “rechazo a mostrar lo que debe permanecer velado”, lo que es íntimo en una persona.

Si mi sexualidad es tan gran tesoro que hasta su contemplación es sagrada, así de sagrada es, entonces, la sexualidad de los demás. Si respeto mi valor lo suficiente como para tener un rechazo a mostrar ante los ojos de otra persona lo que debe permanecer velado en mi cuerpo, entonces “amar a tu prójimo como a ti mismo” requiere que respete el valor de la otra persona lo suficiente como para tener un rechazo a mostrar ante mis ojos lo que debe permanecer velado en sus cuerpos.

Ya sea que cause pensamientos lujuriosos o no, puesto que esto no me pertenece, no tengo ningún derecho a verlo. Puedo controlar lo que veo, y debo respetar a cada actor y a cada actriz tanto como me respeto a mí mismo.

De lo contrario estaría diciendo “soy un buen católico, por lo que me respetaré a mí mismo con el velo de la modestia. Pero tú, ¡contempla cómo estás viviendo! No tengo que respetarte con el velo de la modestia”. ¿Cuán farisaico y contrario al amor sería eso? El valor de una persona es incondicional, por lo que merecen un respeto incondicional. Los católicos deben otorgarles a las otras personas un respeto mayor del que se dan a sí mismos porque sabemos que lo valen.

Practicar la modestia hasta este punto no es vivir en una burbuja lejos del “mundo real”. Esto es darle a cada ser humano el respeto que la imagen de Dios merece y es vivir la modestia en su máximo esplendor.

No creo que Dios esté decepcionado si viera menos películas que mis coetáneos. Pero lastimaría el corazón de Dios si actuase como un niño de cuatro años señalando a mis pares diciendo: “¡Ellos empezaron! ¡Ellos lo hicieron primero!”. Sería como decirle: “Padre, mis hermanos y hermanas en Hollywood no sabían o ignoraban el respeto que sus cuerpos merecen. Pero yo sí lo sabía. Y no apagué el televisor. No salí corriendo de ese cine. Porque ellos no pusieron un velo entre sus cuerpos y mis ojos, yo no me molesté en hacerlo tampoco.”

“…toda obscenidad en la palabra escrita y toda forma de indecencia en el escenario y en la pantalla, debería ser condenada pública y unánimemente por todos aquellos que estiman el avance de la civilización y la protección de los maravillosos valores del espíritu humano. Es bastante absurdo defender esta clase de depravación en el nombre del arte o de la cultura.” –Papa San Pablo VI

Deja que Dios abra tus ojos a la sexualidad humana,, algo tan sagrado que hasta su contemplación es “digna de reverencia”, algo “sagrado, sólo para ser descubierto en el amor matrimonial.”

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