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Al hombre que no dormirá conmigo

Era un hábito que comenzó cuando los dos nos acurrucamos en mi cama extra grande de la universidad.

Estábamos enamorados desde la secundaria. Hasta mis frazadas y almohadones eran verdes y azules: en homenaje a los colores de nuestra escuela. Nos desperezaríamos y bostezaríamos juntos. Y había algo sobre tenerlo ahí, al alcance de la mano, en medio de nuestra relación a largo plazo.

Nuestras vidas no estaban conectadas simplemente por líneas telefónicas y llamadas por teléfono sigilosas a mitad de la noche que hacían eco en los pasillos afuera de mi habitación. Estabas ahí, una presencia cálida, un vestigio del hombre que amaba.

Muchas de nosotras, buenas chicas cristianas, lo haríamos. Nuestro primer año era como un juego de sillas musicales. Rezábamos, escuchábamos música cristiana, nos reíamos de los días venideros.

Y luego nuestros novios vendrían a visitarnos los fines de semana en nuestras habitaciones para cuatro personas. Nos olvidaríamos que no importaba que estuviéramos reservando el dormir juntos para el matrimonio. Estábamos cruzando un enorme umbral, estábamos entrando en un reino de intimidad radical, ya sea que estuviéramos rompiendo un mandamiento o no.

Este patrón se repitió en mis relaciones luego de que terminásemos. Se repitió largo tiempo después del primer año. Mucho después de la vida en dormitorios. Ha estado resonando en mis relaciones desde entonces, tal como los llamados nocturnos en susurros con mi ex-amor-de-la-secundaria.

Déjenme ser clara: sabíamos que el sexo antes del matrimonio está mal. Ése era un umbral que nunca cruzaríamos.

Sin embargo, todo hombre con el que he salido desde entonces, ha tenido una almohada con mi nombre escrito en ella. En cada relación, el pasar la noche, sin importar qué tan inocente parecía, ha vuelto a la marea de mi vida amorosa. Me enamoré de algunos hombres, y caí en el hábito de cerrar mis ojos ante un rostro y despertarme ante ese mismo rostro ocho horas más tarde.

Era una consolación por el matrimonio que no tenía

No era la gran cosa. Era simplemente dormir al lado de alguien.

Hasta que te conocí.

Hemos estado saliendo por un año ya. Aun así, sucede lo mismo cada noche que salimos juntos.

No hay una almohada con mi nombre. No hay un espacio reservado para mí mientras duermes

En nuestras citas nocturnas, miras el reloj y observas cómo los minutos van pasando hasta la medianoche. Entonces, cuando el reloj marca las doce, te levantas y me ofreces tu mano.

“Toma, permíteme acompañarte hasta tu auto” me dices. A esto le llamas el “tiempo de la Cenicienta.” Es nuestro apodo para el momento de despedirnos. Cuando me mantienes a salvo y esperas por mi “llegué bien a casa, te amo.”

Honestamente, en un principio me confundiste

Creí que me amabas. Creí que me querías en las cercanías por siempre.

Sí, éramos el “bueno chico y chica cristianos”, ¿pero acaso todos los hombres cristianos con quienes salí no querían exactamente lo mismo? ¿Sin importar qué tan devotos o respetados eran en sus comunidades?

Hemos aprendido esto, estas mujeres legalmente solteras y yo. Hemos aprendido que somos deseadas al convertirnos en la reina de la graduación. La Cenicienta en el baile. Hay algo sobre nuestros rostros, nuestras líneas que nos hacen deseables. Después de todo, son nuestros rostros y líneas los que nos consiguen tragos gratis y los números de teléfono de las servilletas debajo de los cocteles.

Entonces me di cuenta de dónde venía mi valor. Venía de una invitación a pasar la noche. Venía de ser querida. Venía de un ritual que derribaba mis estándares. Ladrillo a ladrillo.

Tú querías esto de mí. Y por este pequeño gesto, por este límite, por este estándar, por este razonamiento, tú me amas.

Deseas verme florecer. Deseas reservar eso para más adelante. Deseas darme coraje. Y liderarme a través de una relación sana.

Incluso, me respetas. Lo que, extrañamente, se parece mucho al amor. Amor verdadero.

Nuestra relación no se caracterizará por pasar la noche juntos. Esto es algo sagrado que deseas guarecer, porque tú también has aprendido esta lección por las malas.

Y estoy agradecida. Agradecida de tener alguien en mi  vida que no caiga ante la trampa del “no es la gran cosa.” Es una muy gran cosa, eso me dices. Me lo haces saber cuando mantienes tu palabra. Me lo haces saber cuando me guías bien, y proteges mi espíritu.

Tengo que preguntarme si es éste el signo. Si esto es lo que hace la diferencia. Si esta protección de mi corazón, esta voluntad de hacer las cosas de un modo distinto a como nuestra cultura nos sugiere (incluso la cristiana) es lo que lleva a una vida maravillosa.

Asique, al hombre que no dormirá conmigo: tampoco dormiré contigo

Porque yo también te amo.

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Brett Elizabeth Wilson, creadora de prodigalsister.com, es una “hippie tipo A” de Virginia Beach, Virginia. Ama el café, los lápices labiales rojos y los musicales de Broadway.

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